LA CONSTITUCIÓN DE CÁDIZ Y LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN
TEMA: Libertad de Prensa
FECHA: 17.11.2006
Maria Dolores Masana Argüelles
Presidenta de RSF España
Conferencia en San Fernando (Cádiz), 24 de septiembre del 2003
El pensamiento inglés que surge como consecuencia de la llamada “revolución gloriosa” del siglo XVII y la Ilustración francesa determinaron un cambio sustancial en la política y la ideología y, en general, en la cultura europea que se extendería a lo largo del Siglo XIX y parte del Siglo XX. En estos principios doctrinales se inspiraron tanto la promulgación de la Constitución norteamericana, a raíz de la proclamación de la Independencia, como los textos constitucionales de la Revolución Francesa.
Napoleón, que, en cierta manera, se consideraba heredero de la Revolución francesa, dijo a sus soldados que llevaban “la libertad en sus mochilas”. Con este lema ocupó prácticamente toda Europa llegando hasta los extremos meridionales y orientales, España y Rusia, en donde acabó su poderío. Curiosamente, España, a la que se había considerado siempre marginada en el debate entre partidarios o detractores de los regímenes absolutistas del Siglo XVIII, de pronto, a causa de la invasión napoleónica se vio colocada en el centro de la gran polémica europea entre liberalismo y absolutismo.
Es curioso que dos palabras españolas, típicas del lenguaje castizo que son: liberal y guerrillero, se transmitieron al idioma político de toda Europa. Es verdad que la Revolución Francesa se había hecho bajo el lema de libertad, igualdad y fraternidad pero, en España, la idea de libertad dio lugar a la palabra liberal, es decir, la que se refiere a quien sustenta y defiende la libertad, las posiciones políticas del liberalismo. Al tiempo que guerrillero pasó a ser seudónimo de lucha por la libertad nacional contra una potencia ocupante.
Este doble aspecto de la división política europea de todo el Siglo XIX tuvo en España un aspecto apasionado que fue por una parte el de la lucha popular contra el invasor y, por otra, la discusión ideológica sobre cuál había de ser el futuro del país. España fue pionera en este campo con la Constitución de 1812, precisamente cuando la campaña napoleónica estaba dando sus últimas boqueadas y empezaba a tener lugar, en casi toda Europa, la restitución o restauración de las monarquías absolutas. Este hecho fue una sorpresa para todo el Viejo Continente y, en cierta manera, España pasó a ser un símbolo del liberalismo, que duró durante mucho tiempo en el imaginario colectivo.
La expresión más pura de esta sorpresa española se produjo precisamente en Cádiz. Fue en las Cortes de Cádiz, reunidas en primera instancia en la entonces llamada Real isla de León, hoy San Fernando, en el recinto del Teatro de la Isla, donde ahora nos encontramos. De allí, por cuestiones de seguridad, las reuniones de la asamblea se trasladaron más adelante a la Iglesia de San Felipe Neri de Cádiz, sede donde ya de manera permanente se desarrollaron los debates.
Estos debates, razonadamente o con encendido apasionamiento se centraban principalmente en las posiciones opuestas entre los liberales y los llamados “serviles”. Una vez más el casticismo o la viveza del lenguaje español daba nombre a dos posiciones absolutamente contrapuestas como eran el absolutismo y el predominio de la Iglesia, del dogmatismo eclesiástico y de la Inquisición, brazo judicial de la Iglesia frente a las ideas de libertad. Es decir, se planteaba el traspaso de la soberanía del monarca que según los absolutistas la recibía por herencia, por tradición y, sobre todo, por origen divino, al pueblo el cual pasaba a detentar los derechos, los poderes de establecer un marco en el cual la libertad tenía que ser la base de todo.
A esta idea de libertad que se defendió en San Fernando, se contraponía la de los absolutistas. En efecto, los diputados que se reúnen en la isla no son todos liberales. Están los absolutistas convencidos, católicos de macha martillo, partidarios de la Inquisición incluso. El desarrollo de las sesiones de la asamblea constituyente, desde 1810 hasta 1812, fue realmente modélico, porque mientras las cortes se celebraban en una ciudad asediada, en una ciudad que sufría bombardeos continuos por parte de los franceses y a pesar de la crispación que existía entre absolutistas y liberales, nunca tuvieron un carácter violento. O sea que en un marco español de extrema agresividad, cual simboliza la figura del guerrillero, por contraste, en el recinto de San Felipe Neri, tenía lugar un tipo de debate en el que se exponían razones, en el que se argumentaba, a veces con una oratoria inflamada, pero que sin embargo difícilmente traspasó nunca los límites del respeto y del diálogo. Fue también una particularidad el hecho de que ocuparan los escaños parlamentarios noventa eclesiásticos, seis obispos, 21 canónigos, además de clero regular y aún más, militares partidarios del antiguo régimen, aristócratas, junto a liberales bastante radicales en el sentido de querer imponer, sobre todo la soberanía popular y con ella la elección de los representantes por parte del pueblo sin que se tiraran los trastos por la cabeza.
Posiciones tan radicales, tan opuestas en las que todos creían jugarse tanto, nunca se defendieron pues con violencia, sino con la palabra. La palabra fue el gran instrumento de las Cortes de Cádiz. Esto es muy significativo porque la primera Constitución que se hizo en España no se impuso de una forma tajantemente rupturista, revolucionaria. Se redactó mediante la discusión, poniendo los temas sobre la mesa y hablando de ellos aunque a veces fuera con mucho apasionamiento. Y fue también un modelo de cara a Europa el que la España en llamas, la España en plena guerra, la España que se consideraba retrógrada, la España que estaba en la vía muerta de la cultura de la época, resultara que, de pronto, que podía sencillamente encontrar un punto de conciliación para discutir extremos tan acusados e importantes. En este aspecto, la España constitucionalista ha tenido siempre un punto de referencia en las Cortes y la Constitución de Cádiz.
La Constitución se aprobó el 19 de marzo de 1812. Y enseguida fue bautizada como “la Pepa”, con este aire imaginativo, en cierta manera chistoso y populista del la España de la época con el añadido que con este nombre lanzaba un “trágala” al usurpador del trono español, José Bonaparte precisamente en el día de su onomástica. Pero la Pepa resultó ser un hito no sólo en la historia de España sino en la historia de Europa. ¿Cuáles fueron los resultados de la reunión de los diputados constituyentes? Pues los resultados fueron en definitiva favorables a los liberales. Es decir, alumbraron una Constitución con un carácter marcadamente liberal. Por ejemplo, trasladaba claramente la soberanía al pueblo aunque se reconocían ciertas potestades al Rey Fernando VII, al que el pueblo español, llevado por un espejismo, llamaba “El Deseado” cuando había sido un rey felón que traicionó todas las promesas, que aduló repetidamente a Napoleón, hasta el punto de llegar a felicitarle a raíz de victorias contra las tropas españolas y en el colmo del servilismo hacia el Emperador, había aceptado también el reinado de José Bonaparte, conocido popularmente en España como Pepe Botella.
En tal escenario los resultados de la Constitución eran realmente una novedad. Naturalmente no lo eran frente a las constituciones de las revoluciones norteamericana o francesa pero sí lo eran para una Europa que estaba volviendo rápidamente a los antiguos regímenes. En este sentido, la idea de libertad es fundamental. Y es sobre todo, la idea de libertad de pensamiento. Porque la libertad de pensamiento lleva inmediatamente a la idea de libertad de expresión. Sin libertad de expresión no tenía sentido proclamar la libertad de pensamiento.
La libertad de expresión fue por lo tanto uno de los puntos cardinales de toda la labor de las Cortes constituyentes. Y en esto hay, por ejemplo, una demostración muy evidente y es que la Junta central había impuesto en la isla de San Fernando como condición “sine qua non” para la celebración de las Cortes que hubiera una total libertad de expresión. Y este es el hecho más remarcable para los que hoy estamos celebrado este aniversario. Que la libertad de expresión, que fue absoluta en las reuniones de las Cortes, se trasladó, como no podía ser de otra manera, a la libertad de expresión en el ámbito de la prensa. Algo impensable hasta aquel momento.
En Cádiz se dio una verdadera explosión de la prensa. Una explosión de la libertad de la palabra. Cádiz se convirtió en un reducto extraordinario de la prensa. La prensa como órgano, como instrumento, como conducto, como vehículo para expresar ideas. Y por tanto se daba una prensa de ideas contrapuestas Había una prensa absolutista y también una prensa liberal.
Dentro de esta prensa liberal convivían una más extremada, radical y otra más moderada. Era la diferencia entre moderados y exaltados. Pero se exponían las ideas de una forma absolutamente libre.
Tan importante fue la prensa en la época de las Cortes de Cádiz que llegó a haber hasta setenta periódicos, naturalmente de diferente duración. Unos más fugaces, otros que duraron a lo largo de todas las sesiones parlamentarias. Unos eran muy serios, otros, más bien satíricos. Unos eran muy radicales tanto desde un punto de vista liberal como del absolutista, otros eran más ponderados y conciliatorios. Pero todos ellos fueron de una importancia extraordinaria porque la prensa era el eco de todo el debate intenso, a veces muy reñido, que se estaba llevando a cabo en el interior de la Iglesia de San Felipe Neri. Sin la prensa, se puede decir que las Cortes constituyentes no hubieran tenido el eco, la repercusión que tuvieron. Esto dice mucho de la autenticidad de estas Cortes. Porque uno de los objetivos de los constituyentes era la libertad de prensa, asegurar la libertad de expresión.
Y la grandeza de estos objetivos se demuestra en que hoy siguen siendo uno de los fundamentos de todo régimen que no sea una dictadura, que no sea autoritario, que coarte las libertades. La libertad de expresión quedó bien marcada desde las primeras reuniones en la isla de San Fernando como la raíz, como el eje central de toda exigencia de libertades. Sin libertad de palabra, sin libertad de pensamiento, sin libertad de expresión de este pensamiento no hay libertad.
La palabra liberal en realidad era una palabra muy española. En la literatura clásica cervantina, liberal significaba magnánimo, generoso, gentil, bien dispuesto. Por esto en España aunque parezca mentira no era una palabra extraña. No sólo no era una palabra extraña sino que de pronto, con las Cortes constituyentes cobró una importancia ideológica extraordinaria. Ser liberal pasó a significar ser un defensor de un cambio total en el pensamiento, en la conducta, en las propuestas políticas, en los afanes de renovación que después en todo el siglo XIX y parte del XX tuvieron una floración extraordinaria.
No es porque sí que precisamente este fenómeno se diera en Cádiz. No lo es por cuestiones históricas. Aunque Cádiz permanecía entonces como una ciudad asediada, en realidad era el refugio de la legitimidad nacional. Un refugio en el que todos los representantes, todos los diputados pudieron encontrar un lugar en donde discutir, en donde dialogar, en donde hacer sus propuestas sin verse coaccionados en ningún sentido. No se vieron coaccionados en primer lugar porque España estaba sin régimen. España estaba huérfana del Rey y presidida por una regencia que en realidad estuvo compuesta mayoritariamente por gente reaccionaria, más bien absolutista. Por lo tanto, las Cortes representaban precisamente un enfrentamiento, aunque relativo pero real, contra la Regencia. Un marco ideal para acoger una asamblea constituyente ¿Por qué?
En Cádiz no existía el régimen de aristocracia ligada a los latifundios. No había grandes latifundistas. En Cádiz no tenía razón de ser una jerarquización estricta de la sociedad como se daba en el resto de España. Cádiz era una ciudad cosmopolita. Era una de las ciudades más abiertas de España por una razón muy clara. Porque Cádiz era junto con Sevilla la puerta hacia América.
Era una ciudad marítima y como tal una ciudad con comunicaciones abiertas a todo el mundo. En este sentido es curioso, por ejemplo, que, en Cádiz, las personas con una cierta cultura recibían y leían con regularidad prensa inglesa. Cosa que en el resto de España no ocurrió hasta casi bien entrado el Siglo XX. Era una ciudad de comerciantes. Gente, por tanto, habituada a tener que tratar con todo Europa. Porque exportaban e importaban. En suma eran gente de negocios. Existía una nobleza, pero como una excepción en España, para ser algo, para disponer de dinero, muchos se decidieron a entrar en la vida comercial, en la vida económica. Esto hizo que la burguesía fuera una clase muy importante. Muy importante porque tenían el dinero, porque tenían el contacto con el exterior y, naturalmente, el acceso a la cultura. La mentalidad de un burgués no es la de un aristócrata ni la de un obispo, ni la de un militar de aquella época aunque comenzara ya entonces a haber militares comprometidos con las ideas liberales. Incluso, cosa curiosa, algún que otro eclesiástico
Este hecho hace que Cádiz fuera una ciudad muy receptiva. Tanto para los que llegaban de toda España para refugiarse y allí entrar en los avatares de la actividad política, como para los foráneos habitualmente residentes porque Cádiz estaba acostumbrada a tener una importante población extranjera. Por ejemplo, había muchos franceses, muchos italianos, flamencos, alemanes. Y después el contacto con América comportó también la presencia de sudamericanos. Las Cortes de Cádiz tenían siempre la obsesión de la participación americana para que América no se separara de España. Y esta incorporación de elementos americanos le daba un carácter más plural, más heterogéneo a la representación en las Cortes. Cádiz era una ciudad de mucha vida. Es evidente que Andalucía, en general, y especialmente Sevilla y Cádiz fueron el Oeste de Castilla. La Reconquista termina en Andalucía y en Andalucía se desarrolló una expansión inaudita de todo lo castellano. Y después, obviamente, fue desde el descubrimiento y colonización de América el puente hacia las nuevas tierras. Este hecho le dio un carácter de ciudad muy abierta y predispuesta para recibir un debate de tanta amplitud y tanta magnitud como el de las Cortes constituyentes y para las ideas liberales.
Desgraciadamente, el regreso de Fernando VII acabó con la obra levantada por las Cortes de Cádiz, pero aún así quedó como un punto de referencia permanente en la historia de España, incluso hasta nuestros días.
Como presidenta de RsF me siento doblemente honrada por la invitación que se ha hecho a nuestra asociación de participar en los actos de conmemoración del 193 aniversario de la proclamación del decreto de la libertad de imprenta por parte los diputados constituyentes, reunidos en la Real Isla de León, actos dedicados este año a la libertad de expresión. Nos honra especialmente tener la ocasión de estar aquí, toda vez que para nosotros, que defendemos la libertad de pensamiento y la libertad de expresión, vemos en esta hermosa y acogedora ciudad un símbolo de especial valor. Pero también nos sentimos honrados porque esto se ha tenido en cuenta al invitarnos.
Hoy, en los años primeros del cambio de milenio y de siglo, nos extraña y preocupa el giro distinto que se les suele dar al vocabulario político y a muy acendrados compromisos ideológicos. Nos encontramos con una forma insidiosa de tergiversaciones. Así se prefiere hablar de economía de mercado que de economía neoliberal. Es decir, se habla mucho de democracia. Democracia parece ser la palabra mágica. Todos alardeamos de ser demócratas. En cambio la palabra libertad va quedando arrinconada, como escondida en un honorable puesto en desuso. En casi todas partes los partidos liberales que tanto lustre alcanzaron en las grandes querellas políticas e ideológicas del siglo XIX y principios del XX hoy permanecen en la reserva de un lugar testimonial o simplemente han desaparecido. ¿Quién proclama hoy con orgullo desafiante que es liberal cuando sería más necesario que nunca como pilar de las libertades? Pues nosotros nos reclamamos liberales hoy en un panorama mundial donde periódicos y periodistas son objeto de técnicas vejatorias por parte de los poderes públicos, en la extensa proliferación de dictaduras implacables o de pseudo democracias. No podemos permitirnos bajar la guardia incluso allí donde la democracia tiene o parece disponer de mejores y más creíbles credenciales de identidad. Y por tanto reivindicamos la palabra liberal como algo absolutamente imprescindible para que tenga sentido la palabra democracia.
Sin una prensa como la que hubo durante las Cortes de Cádiz, sin tapujos, aunque se desenvolviera entonces con una cierta ingenuidad respecto a lo que es hoy, la prensa libre, es para nosotros algo imprescindible. Tiene un valor extraordinario.
Para Reporteros sin Fronteras, como para los constituyentes de Cádiz, la libertad de expresión sigue siendo el eje fundamental, el pilar de toda democracia. Sin libertad de palabra, sin libertad de prensa o con unas libertades de prensa mediatizadas por poderes económicos o por poderes políticos realmente no tiene sentido hablar de libertad. La prensa es la comunicación, el vehículo entre el poder y el pueblo. Pero es más que esto porque ya quedó claro desde el primer momento en las Cortes constituyentes, reunidas en primer término en San Fernando, que la soberanía es popular, es decir que está radicada en el pueblo, en la ciudadanía. Y ella necesita a la prensa libre como instrumento vehicular para informar adecuadamente y para hacer real el derecho popular a la vigilancia estricta de la actuación de los poderes públicos los cuales con demasiada frecuencia tienden a neutralizar, paralizar o canalizar hasta a los órganos representativos y garantistas, como los parlamentos y el poder judicial. Y cuánto más a los medios de comunicación que deben ser fundamento esencial para que las democracias sean auténticamente democracias y no se rehuya llamarlas democracias liberales sin por esto renunciar a ser al mismo tiempo sociales puesto que en esencia no existe contradicción entre estos términos si por liberales entendemos a las democracias profundamente enraizadas en la gran conquista inalienable contemporánea que es el derecho de la persona a ser libre.