VIAJE A TRAVES DEL TIEMPO
TEMA: Libertad de Prensa
FECHA: 17.11.2006
Los medios y el desarrollo en la sociedad occidental
El periodismo fue inicialmente un oficio.
Hoy es un sector económico de notable peso
en las economías occidentales.
Por: Jesús Timoteo Álvarez
Catedrático de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid (UCM),
Actualmente, el periodista es un profesional de la información y el periodismo un campo de actividad absolutamente presente en la vida de todos los ciudadanos. Se considera periodista quien trabaja en un informativo de radio de televisión, pero también se y define como periodista quien conduce un programa basura o escribe comentarios en la prensa del corazón o quien es responsable de un departamento de comunicación en una empresa. La confusión es consecuencia del enorme empuje del sector y de la aceleración de su peso social, que ha llevado a considerar como periodismo, en un concepto harto genérico, todas aquellas actividades que se mueven en torno a los medios convencionales (prensa, radio, televisión) y hasta Internet.
La comunicación social ha existido desde siempre porque se trata de aquellas fórmulas en que las sociedades se las arreglaron para codificar primero y transmitir después principios básicos de supervivencia e identificación y para, en una segunda fase, justificar y mantener la organización del poder..Por eso, identificada con la religión, con la guerra, con la política, con el arte, con las monedas o con manifestaciones populares, es fácil rastrearla desde los orígenes mismos de todas las sociedades humanas.
El periodismo es una de esas formulas y además relativamente moderna. Otras fórmulas igualmente recientes son, por ejemplo, la publicidad o el marketing directo o el cine o las actividades promociónales u otras varias. En los manuales universitarios de cada una de estas formas de comunicación se pueden encontrar antecedentes muy lejanos: de la publicidad en Roma o en Grecia; del marketing personalizado en el entorno de los prohombres romanos, del periodismo en Tucídides, pero no conviene exagerar en precedentes. La mayor parte de las formas de comunicación son de hace pocos siglos, muchas de ellas apenas tienen cien años hasta el punto de que, entre todas las que ahora están en el mercado, el periodismo es probablemente la mas antigua...
En sentido estricto, por periodismo se ha entendido aquella actividad consistente en recabar informaciones, seleccionarlas, procesarlas, recogerlas en un soporte y ofrecerlas –todo ello de un modo periódico y de ahí el nombre a un postor o comprador o público. Es, por tanto, una actividad abierta que trabaja con la información, entendida esta en el sentido más amplio posible.
Son los rasgos básicos que el periodismo ha mantenido hasta nuestros días:
1.- Opera con informaciones y comentarios (interpretación) a las mismas.
2.- Debe tener rasgos llamativos, incluso escandalosos, para suscitar el interés del público, de compradores y de patrocinadores.
3.- Afecta a la vida pública, al poder, a sus juegos y su reparto, y tiene la capacidad de entrometerse en esos intereses y aprovecharse de ellos.
4.- Se elabora proporcionalmente en forma de productos concretos y en soportes tecnológicamente viables.
5.- Se vende modo regular y periódico a compradores y patrocinadores.
6.-Tiene la capacidad de promocionar ideas, personas, servicios o bienes.
La información, entendida desde esas perspectivas, se va introduciendo como factor de poder político, social y económico en la sociedad occidental de forma lenta pero ineludible hasta llegar a convertirse en un sistema complejo y en un supersector económico.
Líneas de evolución del periodismo o ámbitos de acción definen desde el principio hasta nuestro días cuatro categorías básicas de productos periodísticos: publicaciones de los gobiernos; medios de información económica y profesional; productos radicales de movilización social; productos populares de entretenimiento.
Los gobernantes saben desde Julio Cesar que la información, los periódicos o sus herederos son un valiosísimo instrumento de unificación ideológica y política, un instrumento fundamental de control social y el mas valioso medio de justificación de las actitudes del poder, y en consecuencia del poder mismo. En los estados modernos y absolutos no había dudas: pusieron en pié una organización afianzada sobre la censura previa, el monopolio de edición y la “policía política” para perseguir a los disidentes. Se cuidaron de crear medios políticos (las gacetas), medios de entretenimiento (los mercurios) y medios de ilustración y ciencia (“los diarios de los sabios” o similares).
Esta fórmula tan radicalmente lógica de los estados modernos será directamente imitada por los estados napoleónicos y jacobinos, basados siempre en una oficina estatal monopólica, unos medios estatales capaces de cubrir todo el territorio, unas leyes de censura previa o de autocensura y el terror. Así ha sido en todas las dictaduras fascistas y comunistas y así continua siendo en aquellos regímenes que mantienen en la actualidad las mismas pretensiones.
También los gobiernos democráticos mantienen organismo y estructuras propias de comunicación: la mayor parte de los países cuentan con televisiones públicas al servicio de los gobiernos, algunos con cadenas de radio y grupos de prensa también propios y directamente gubernamentales. Existirá por tanto, siempre una categoría de medios oficiales u oficiosos, al margen del tipo de régimen político y de época. Son, en realidad, necesarios para una cohesión social básica.
La información económica y profesional ha existido también desde el principio. Los avisos denominados “precios corrientes” recogían datos sobre movimiento de barcos, mercancías y precios. Siglos después los anunciadores (advertisers) daban cuenta de la llegada, situación y oferta de todo tipo de mercancías en una ciudad. Más tarde en el siglo XIX, se ofrecían publicaciones especializadas en información económica y comercial, en bolsa, en sectores industriales o de negocio concretos (moda, ferretería, transportes, etc.). El fenómeno de las revistas y su enorme diversidad es tan antiguo como el periodismo y tiene un claro sentido en la creación de la sociedad civil. Personas concretas asociaciones y agrupaciones de todo tipo ofrecen a aquellos sectores sociales con intereses análogos información y novedades en innovación, referencias, direcciones, productos. Y con ello crean una malla social, un espíritu de cuerpo y orgullo profesional, contribuyendo de modo decisivo a estructurar y organizar las sociedades occidentales.
Los periódicos políticos y de activismo ideológico siguieron desde los orígenes hasta nuestro días un camino paralelo a las dos categorías anteriores. En los momentos mas duros del absolutismo y de la Inquisición y de las guerras de religión, en los siglos XVI y XVII, existieron movimientos y periódicos, naturalmente clandestinos y de oposición. La reforma luterana marcó el camino. Lutero fue también en ese sentido un maestro. Aceptó el oficio de escribir como una misión apostólica complementaria a la predicación, segmentó sus escritos y los orientó a las diferentes capas sociales nobles, clérigos, campesinos) según el interés del momento. Utilizó todos los géneros, desde el lenguaje académico a la polémica, la sátira, el grabado, el libelo escrito y en imágenes. Consideró siempre que la imprenta era un regalo divino, “el mas grande, el último don de Dios”, cuyo fin primordial no era tanto la transmisión del saber sino “prensar al papado, en expresión que le gustaba repetir. No había duda ya, hacía 1600, de que los impresos y periódicos hacían un importante daño a los poderes consolidados, monarquía y papado, y por eso las publicaciones de cariz político se han convertido en el eje de todo el movimiento liberal. Pasquines editados en Holanda recorrían toda Europa, como lo habían hecho primero los cantares, sátiras y grabados en las guerras de religión; el siglo XVIII inglés es definido como el “siglo de las luchas por la libertad de expresión”, porque esa libertad, la de escribir, editar y distribuir, se convirtió en la primera abanderada de las reivindicaciones de la burguesía liberal.
En Inglaterra, en la América inglesa y después en el continente europeo, esa libertad de opinar abiertamente orienta y guía toda la consolidación de los estados nacionales a lo largo del siglo XIX. Su producto mas evidente es la prensa política o prensa de partido. De modo similar con la prensa gubernamental desarrollada en siglos anteriores, la prensa de partido opera monopolísticamente en su ámbito de influencia, casi con las mismas características, obligada a crear su cuerpo doctrinal, a promover la organización y a terminar con los oponentes externos y –aún más-internos.
Existirá siempre, por tanto, una prensa oficial u oficiosa ligada a los grandes partidos y a las grandes organizaciones que, en modo similar los partidos, tengan interés en afianzar su presencia política o en ocupar un espacio social y público visible.
Finalmente están los intereses de los lectores y seguidores de los medios. Durante siglos, los únicos productos de la imprenta que interesaban a la gente común eran libros y almanaques. Les enseñaban a ser buenos y piadosos y a predecir el tiempo y las cosechas. Pero, poco a poco, fueron dando entrada a otros aspectos. Las vidas de santos no sólo eran guía espiritual y modelo, eran también fastuosos historias a veces de terror, a veces de amor y odio, a veces de sexo y violencia, siempre de pasión. Los almanaques fueron dando pié a ideas nuevas menos dependientes del azar y mas de la razón, menos de la astrología y más de las maquinas, menos de la providencia y mas de la previsión y del raciocinio. Por eso cuando el pueblo llano y campesino conocen la revoluciones del siglo XVIII saben ya que los periódicos son útiles para dos cosas fundamentales<. Una es aprender a leer, conocer ideas nuevas, conocer el lenguaje de los tiempos nuevos, de la era de la razón, y poder así escalar en la pirámide social y conseguir que sus hijos vivan mejor, es decir, leer, razonar y educarse para promocionarse; la otra tiene que ver con el ocio y las pasiones: los periódicos les dan versiones laicas y menos pacatas de las historias de amor, sexo, violencia, venganzas, todo lo que siempre ha llenado las horas muertas de los seres humanos soñadores y capaces de superar su realidad con otras imaginadas.
Los periódicos respondieron a esas necesidades desde principios del siglo XIX. Sucesivas generaciones de medios populares, llamados desde finales de ese siglo periódicos de masas, han ido perfeccionando formatos y contenidos para adaptarse a las exigencias variables ya las expectativas de su público. Es otra categoría inevitable, que siempre existirá, la de medios dedicados a remover pasiones, instintos y demandas básicas de los seres humanos.
TECNOLOGÍA Y SISTEMAS DE ORGANIZACIÓN
El periodismo se ha movido tecnológicamente al compás de las grandes novedades técnicas del mundo occidental. Primero fue la imprenta (recuérdese lo que había significado para Lutero), que revolucionó todo el sistema de producción distribución del conocimiento y dio lugar a la primigenia industria cultural: la venta de libros y periódicos:
Mas tarde, antes de 1800, fue la aplicación del vapor a la producción impresa lo que `permitió ir pasando de pequeñas tiradas diarias de miles de ejemplares a tiradas diarias de mas de dos millones en menos de cien años. Todo ello unido a las innovaciones en industrias auxiliares como el papel, la tinta, la maquinaria y el empaquetado. Después fueron el telégrafo y los cables submarinos que, para 1880, habían conseguido crear un sistema informativo mundial, moviéndose en torno a las cuatro grandes metrópolis de entonces (Londres, París, Berlín y Nueva York). Luego fue la electricidad y la ininterrumpida serie de posibilidades que abrió: el teléfono, el cinematógrafo, la radio, la discografía, la televisión, etcétera, hasta el día de hoy.
El periódico y toda la producción informativa posterior, por tratarse de productos intangibles (como la religión, por ejemplo) han tenido que ofrecerse siempre a un coste mínimo. Nunca un periódico ha podido ser más caro que el pan, por ejemplo. Ello ha obligado a los editores a ingeniar sistemas de organización de extraordinaria eficacia, capaces de llevar a cabo y ofrecer el producto informativo a mínimo coste, con optimización de recursos, bajísima rentabilidad por unidad y capacidad de generar ingresos atípicos. Y ello en todo lo que se refiere a estructura empresarial, producción, distribución, venta y conocimiento del mercado.
UN MERCADO CRECIENTE EN NÚMERO Y COMPLEJIDAD
Los productos informativos, los productos del periodismo, son productos complejos. Tal como venimos indicando, un medio esta obligado a mantener un equilibrio de intereses ligados al mismo, que tiende a ser complicado. Debe atender y no despreciar el poder político; no puede vivir sin tener en cuenta a los agentes económicos y sociales, que se manifiestan principalmente pero no sólo a través de la publicidad; tiene que vérselas con los protagonistas, agentes y creadores de la de información, periodistas, columnistas, creativo, políticos, lideres sociales, etc., personalidades casi siempre complejas; tiene que dar servicio suficiente a audiencias, lectores, usuarios y consumidores, clave final de todo este proceso.
A lo largo de más de seiscientos años, tanto los periódicos como sus herederos los medios han hecho se las han ingeniado para resolver esos equilibrios. Lo han hecho por una parte, creando categorías, especializándose por públicos. Y lo han hecho, paralelamente, creando sus propios mercados, sus propios públicos…
A lo largo de los siglos de desarrollo el periodismo ha creado, visto desde ahora mismo, desde una época como la nuestra que se define como posterior a la era de masas, cuatro grandes mercados, que son los que en amalgama constituyen el actual campo de acción de los medios: un mercado “de ciudadanos”, un mercado “popular de masas”, un mercado “de espectadores” y un mercado “de consumidores”. Todos ellos están actualmente vigentes y activos y, entremezclándose, dan hoy juego y capacidad de acción a los medios.
El mercado de ciudadanos se configura en torno a los medios entre 1600 a 1800 en lucha contra el absolutismo, y se consolida entre 1800 y 1880 con la transición de los viejos estados modernos a estados nacionales. Son los responsables del establecimiento de la libertad de expresión en el sentido que hoy de modo general se entiende3: libertad de pensamiento y de palabra, libertad de edición y libertad de distribución y venta, limitada por leyes que defiendan del libelo y la infamia, que defiendan la infancia y defiendan de vicios sociales como la pornografía, la amenaza o el terrorismo. Son los responsables del establecimiento de derechos civiles, de la representación y de los regimenes parlamentarios, de la regulación de impuestos, del control monopólico de la violencia por parte del Estado, de la separación de poderes, del estado laico, de la educación obligatoria y gratuita, de la mayor parte de las leyes laborales y sociales puestas en pié por los gobiernos en el cambio de siglo entre XIX y son un sector social con mentalidad abierta, pero nada partidarios antes de 1900 de una generalización de derechos y deberes, sino partidarios de una sociedad censataria. Son ciudadanos, identificados con una cultura urbana, lógica, antipopular y laica, creadores de las declaraciones de los derechos del hombre y del ciudadano pero conscientes, al mismo tiempo de la conveniencia de establecer sistemas de control para impedir que los alborotadores, desclasados y utópicos alteren el orden y la evolución social.
Con el paso del tiempo, la prensa y los medios que definieron este segmento de mercado recibieron el nombre de medios de elite y agruparon a los más influyentes diarios de todo el mundo, a la mayor parte de las revistas sectoriales y a una parte de los informativos de radio y televisión.
El mercado popular y de masas es resultado de la segunda gran revolución contemporánea: la socializante, la de los plebeyos, los del gorro frigio, la de quienes se identificaban como herederos de los antiguos esclavos, la de los proletarios, la de los camaradas, partidarios de la instauración de una sociedad mediante el comunismo en su sentido más antiguo y común de cristianismo radical que, siguiendo la experiencia jacobina, debía ser implantado para llevar la revolución a sus consecuencias finales necesarias.
El concepto de mercado de masas, y de su implícita cultura de masas, es hoy un concepto muy común y está indudablemente identificado con la televisión, el cine y un determinado tipo de periódicos, como por ejemplo los deportivos. Cuando se piensa en masas se piensa hoy en una cultura universal, americanizada, manifiesta en programas basura de televisión, comida basura, best-sellers, producciones blockbuster. El resultado final ha sido, sin embargo, contradictorio con quienes inicialmente lo impulsaron…
Los medios de masas y su mercado atraviesan tres grandes fases en los doscientos largos años que han tardado en configurarse. Inicialmente son periódicos y panfletos revolucionarios que quieren formar un individuo y una sociedad nueva y radical: el resultados de esos intentos, bajo el experimento jacobino que necesitó y adoptó el terror como sistema de implantación, fueron los regimenes, las sociedades, la cultura y los medios comunistas y nazi fascistas del siglo XX (el diario de mayor tirada de la historia del periodismo ha sido El Diario del Pueblo de Pekín en los tiempos de Mao. Esa fase inicial, radical en todos los sentidos, marca el lenguaje y los formatos de estos medios y de esos mercados. Una segunda fase la desarrollan los grandes diarios de masas de finales del siglo XX, que fueron pensados y creados en Nueva York no como diarios de intención política o revolucionaria sino como diarios de atención y servicio a las grandes multitudes de inmigrantes que, recién llegados a las ciudades, necesitaban de todo, aprender a sobrevivir, a alimentarse, a leer, a comportarse, a responder a situaciones de legalidad o injusticia. Las gentes objeto de interés por parte de los medios eran las mismas que en la fase anterior pero los objetivos de ese interés eran distintos. En una tercera fase, estos mismos grandes diarios, contando ya con la radio y con la televisión, mantuvieron a sus seguidores o lectores (pronto audiencias) en torno a diferentes temas, relacionados siempre con la expectación, el sensacionalismo, el escándalo, las pasiones, la demagogia, todo aquello con que desde siempre, se ha conseguido atraer y mantener el interés de las multitudes. Con el paso del tiempo, el necesario incremento en la intensidad de la atención es lo que ha llevado a una oferta basura desde casi todas las perspectivas, que es lo que hoy se entiende por medios y cultura de masas.
El mercado de espectadores ha sido, como los dos anteriores, puesto en pie a lo largo de los últimos doscientos años. Las revoluciones del siglo XIX trajeron, además de las ya recordadas consecuencias políticas y sociales, otras importantes implicaciones de tipo más personal. La política se mueve en un torno colectivo pero suele tener absolutas implicaciones individuales. El ideal revolucionario se forjó haciendo referencia al “hombre nuevo”, no religioso, anticatólico pero honorable y fiel a sus creencias, obligado a formarse y a cultivar su cuerpo y su espíritu.
Se abrieron así, en relación a ese perfeccionamiento personal, tres campos o líneas de evolución individual y también social. El primero tiene que ver con el afán por la educación y por el alfabetismo. Los inmigrantes del campo a la ciudad supieron muy pronto que la única posibilidad que tenían de escalar en una cultura urbana era aprender a leer y escribir, educándose en los ritos y costumbres de las gentes de la ciudad. Se convirtieron así en ávidos lectores de todo, comenzando por lo más fácil: periódicos preparados para ellos (los diarios de masas, folletos, libros y novelas seriadas; y pasaron después a ser audiencias de los medios Tanto impresos como audiovisuales. El segundo, paralelo, tiene que ver con el ejercicio del deporte, el cuidado del cuerpo, incluidos por el mismo misticismo radical que exige a los revolucionarios el cuidado del cuerpo y del espíritu (mens sana in corpore sano), el formar una cierta clase dirigente donde el conocimiento y la educación van acompañados del amor a la ciencia (progreso) y a la practica de la gimnasia. El tercer campo, a caballo de los dos anteriores, tiene que ver con otro tipo de actitudes personales. Es el teatro, la música y todo el ceremonial imprescindible en cualquier actividad multitudinaria: el espectáculo imprescindible para la atracción de masas. Encontró una impresionante salida en el siglo XX con el cine, la reproducción musical y los grandes espectáculos musicales o deportivos para llegar finalmente a los videojuegos.
Así pues, lectores, deportistas y seguidores de los deportistas más llamativos, espectadores y melómanos, han creado un mercado social bien definido: el de las audiencias y de espectadores en el sentido que hoy se tiene de tales términos como receptores más bien pasivos de actividades que desearían personalmente hacer..
Finalmente, se halla el mercado de consumidores. La sociedad de siglo XX no ha sido reorganizada y estructurada –ni exclusiva, ni principalmente- por los gobiernos, los sistemas políticos y sus aparatos de propaganda. El mercado y los hábitos de consumo, la mercadotecnia, es decir, las técnicas de captación y organización del consumo, así como paralelamente la organización del deporte y del ocio, han jugado y juegan un papel estructurante en la articulación social.
Se estableció así, a principios del siglo XX y con productos como el petróleo o los jarabes, un sistema circular de ventas, Eso es la mercadotecnia: un sistema circular en el que el productor y vendedor ofertantes conocen las necesidades del comprador y del punto de venta, y procuran ajustar ambas mediante la adecuación de los productos, precios y distribución y mediante la promoción.
El proceso al que nos referimos no fue algo teórico ni abstracto. . Desde finales del siglo XIX, en los Estados Unidos de América los fabricantes producían a gran escala azúcar refinado, bebidas, petróleo refinado, tabaco empaquetado, cereales, etc. El gran tamaño les llevó a tener problemas: por ejemplo, era imprescindible controlar la temperatura de los productor para asegurar su venta (fruta, carne, cerveza) o se querían sofisticados servicios para que la distribución y la venta fuesen efectivas (máquinas expendedoras, transportes especiales, equipamiento).
Es así como, en aquellos lugares con volumen de mercado adecuado como eran las ciudades, los productores más importantes crearon sus propias líneas de distribución o sus propios puntos de venta (petróleo o coches), por ejemplo). La concentración de producción +distribución+venta llevó al nacimiento de oligopolios sectoriales (sucedió con el petróleo, el algodón, la fruta o el tabaco) y al mismo tiempo aparecieron y se desarrollaron marcas que acabaron dominando los grandes mercados parciales hasta convertirse en referencias mundiales (Kellogs, RCA, Gillette, Siemens, Ford y, sobre todas, Coca Cola).
Antes ya de 1914 tuvieron que intervenir los gobiernos para limitar el poder de determinados monopolios sectoriales considerados de interés nacional. Así ocurrió con Rockefeller en Estados Unidos, a quien obligaron a dividir su compañía petrolífera en tres. Es por ello evidente que las corporaciones estaban organizando mercados de consumidores, es decir, estaban poniendo en pie una estructura social organizada cuyo instrumento básico era la mercadotecnia (el marketing), sistema imposible de crear y sostener sin los medios de comunicación de masas.
Un territorio espacial y un marco político definido por los gobernantes
Los gobiernos y el poder político en general utilizaron y comprendieron muy bien desde el primer momento las capacidades de los periódicos. Es una de sus características originales, de fundación.
En Europa, hasta el año 1500 y después de las guerras de religión, los poderes dominantes se limitaron simplemente a utilizar los avisos, las gacetas, las relaciones, los grabados, los ocasionales, la imprenta en general, o a perseguir, condenar y hasta matar a quienes los utilizaban en contra. Existieron mártires en todos los territorios, sin importar mucho si eran eclesiásticos, reales o señoriales. A partir del siglo XVI y hasta mediados del XVIII, los estados modernos crearon de modo explicito sistemas de información (la iglesia católica también pero con otras características), basados en el régimen de concesiones reales, como sucedía con la mayoría de los demás sectores económicos.
Eran métodos sin demasiadas complicaciones: entregaban a un personaje o familia (Renaudot en el caso francés) el monopolio de la producción, distribución y venta de periódicos, que eran naturalmente periódicos oficiales (gacetas, mercurios); establecían paralelamente un sistema de distribución también bajo control real, los correos (la familia von Taxis con los Austrias); creaban una policía “política” para perseguir la manifestación de cualquier pensamiento o impreso que se moviese fuera de ese sistema (los famosos mosqueteros del rey francés); y, si no fuese suficiente, utilizaban fondos abundantes para comprar o corromper a los opositores (el ministro inglés Walpole en pleno siglo XVII).
Entre 1750, aproximadamente, y la década de 1880 se fueron estableciendo regimenes liberales que, basados en las declaraciones de derechos, regularon y legislaron las libertades de expresión: la Constitución de los Estados Unidos de América, la Ley del Libelo inglesa de 1792, las constituciones de los revolucionarios franceses, después de años de enfrentamiento entre liberales y absolutistas, la aprobación de leyes de prensa en toda Europa en los años ochenta del siglo XIX. Estas leyes reconocían las libertades básicas de prensa (libertad de pensamiento y de expresión, libertad de producción y de creación de empresas, libertad de distribución y venta) aunque en sus aplicaciones prácticas las cosas nunca fueron del todo sencillas. Para crear una empresa sólo se necesitaban visto bueno gubernativo (habitualmente del ministerio del Interior), que podía no llegar si quien lo pedía carecía de una pureza sin tacha (no era simpático a los del ministerio) o no disponía de fondos suficientes; la distribución se hacía a través del correo y de los ferrocarriles, para lo que era necesario pagar un” timbre” (sello) establecido por el Estado, como era necesario pagar impuestos, a lo largo de todo el siglo, sobre la publicidad y sobre el papel, además de sobre los correos.
Existieron además, y como parece lógico, leyes limitativas de dicha teórica libertad absoluta: la propia ley de prensa que regulaba el libelo, leyes de protección de la infancia para evitar que caos dramáticos con niños como protagonistas saltasen a la primera página de los diarios, leyes sobre el anarquismo y en contra del terrorismo anarquista generalizado a finales del siglo XIX, leyes regulando la salud publica, etc. En cualquier caso, esa legislación liberal es la que, en sus principios básicos, se mantiene actualmente vigente en los países occidentales. A lo largo del siglo XX, sin embargo, dicha ley ha tenido casi más años de no aplicación que de vigencia: no contaban ni en los regimenes comunistas ni en los regimenes nazi fascistas, ni en situaciones excepcionales de guerras o crisis nacionales; es decir, mirando el siglo pasado, en casi la mayor parte del tiempo o de los países.
El marco legal al que nos referimos, de corte liberal, se ajustó a lo largo del siglo XIX a la organización de Europa en Estados Nacionales. Al igual que las leyes, también la producción y la distribución se movían dentro de las fronteras políticas, antiguas y de siglos en algunos casos (España, Gran Bretaña o Francia), o en creación y nuevas en otros (Alemania e Italia).
Desde 1868, estos sistemas informativos nacionales de corte liberal se fueron organizando en una red internacional soportada por cables submarinos de telégrafos. En torno a 1882, por las mismas fechas en que cada país europeo culminaba su sistema nacional, se firmaron acuerdos en París, Berlín y Nueva York para crear un sistema informativo internacional, pilotado por cuatro agencias de noticias (Reuter, Havas, Associated Press y Wolf) y operativo sobre la red de cables que alcanzaban el mundo entero. Una noticia surgida en Buenos Aires, por ejemplo, circulaba hasta Nueva York, pasaba desde allí a Londres, llegaba a París y desde allí a Madrid. Era un sistema de oligopolio o de cártel, que centraba, coordinaba y en buena medida controlaba toda la información mundial.
Por eso a la altura de 1900 nos encontramos ya con un sector complejo. El periodismo eran agencias, diarios, revistas, publicaciones periódicas ocasionales, publicaciones sectoriales y, con el correr de las décadas, llegarían pronto los informativos para cine, la radio y después la televisión.
Un gran negocio con un punto de venta en cada hogar
La televisión es el resultado de ese proceso y la que personifica, por su fuerza, el corazón del sector del periodismo y de los medios hoy en día. El por qué es fácil de entender. La televisión se desarrolla en la década de los años sesenta del siglo XX y se universaliza en los setenta. Desde 1980, mas o menos, ha y un televisor, como poco, en cada hogar occidental. Es casi un sueño para los agentes de información y de publicidad. Un punto de venta en el interior de cada casa, un punto de atención, dominado además por las imágenes, el color, el sonido y el movimiento. Un sueño.
Lógicamente ese punto de venta es el objetivo de todos los que tienen que ver con el mercado: de los que buscan organizar y mandaren un
mercado político captando votos u ofreciendo ideas y proyectos sociales; de quienes venden productos; de quienes ofrecen servicios o bienes de equipos; de quienes ofrecen servicios o bienes de equipo o soluciones; de quienes producen y presentan ocio y entretenimiento. Todos recurren a la televisión y deben adaptar sus productos al formato televisivo.
Así, por ejemplo, los juegos olímpicos o las misas pontificales desde el Vaticano, las bodas principescas o el fútbol, las compañas electorales o el lanzamiento de productos de limpieza, todos tienen que recurrir a la televisión. Para ello están obligados, a controlar el movimiento, a transmitir en directo. Y para las imágenes, la instanteineidad y el directo tienen que forzar el desarrollo de otras industrias, por ejemplo, la industria informática o la de las telecomunicaciones. Deben ser capaces de controlar las imágenes de modo simultáneo, mezclarlas y hacerlas ver en movimiento; o de que sean vistas por todo el planeta al mismo tiempo que se generan en un punto concreto. Es la “industria de la televisión”. En torno a esos puntos de venta se mueve casi todo.
He aquí por qué los practicantes de un viejo oficio son hoy responsables de un enorme sector industrial que recoge las industrias culturales clásicas (imprenta, periódicos, música), las industrias culturales nuevas (cine, grabaciones musicales), más los nuevos medios audiovisuales e Internet. Todo ello operando en multimedia. Un gran sector de negocio y de actividad que se encuentra entre los diez primeros sectores industriales y de negocio de cada país, dentro de los países desarrollados.
Y eso no hará más que crecer. Porque la televisión es un punto de venta en cada hogar, Internet y la telefonía móvil serán un punto de venta para cada persona y en cada muñeca y esos personalizados puntos de venta serán soportes de información, de ocio, de publicidad.
Esos puntos de imagen en cada mano son nuestro futuro.
3.2. ESPAÑA: LA TARDÍA LIBERTAD DE PRENSA
La Libertad de prensa se estrenó con retraso en España y llegó, paradójicamente, tras la invasión de las tropas napoleónicas de 1808. La libertad de imprenta fue decretada por las Cortes de Cádiz en noviembre de 1810 y consagrada por la constitución de marzo de 1812, pero después del levantamiento popular antifrancés del 2 de mayo de 1808en Madrid ya habían aparecido periódicos, folletos y publicaciones de todas clases. Se inició así el arranque del movimiento liberal, posibilitado por la debilidad y los errores del la monarquía y no tanto debido al impulso propiamente revolucionario. Apareció así el periodismo político con posturas enfrentadas entre los distintos sectores y cobró nueva importancia la información de actualidad debido al interés suscitado por los acontecimientos bélicos y los debates políticos (según el profesor de Historia del Periodismo Carlos Barrera).
A pesar de algunas especificaciones legales que la limitaron, la libertad de imprenta fue un medio de ilustración, educación, difusión del espíritu público y formación y expresión de la opinión, con los periódicos como principal vehículo de instrucción para los lectores durante la guerra, verdaderos “maestros universitarios” que enseñaron a la multitud mil doctrinas antes ignoradas, según el polito y escritor liberal Alcalá Galiano. Gracias a los periódicos y a la recién estrenada libertad de prensa, así como las obras traducidas y hasta entonces prohibidas, se amplió el pequeño círculo de personas instruidas en ciencias políticas y morales.
Este estreno de la libertad imprenta fue inesperado y circunstancial, ya que al final de la guerra de la Independencia en 1814 se restablecería el Antiguo Régimen. A pesar de un nuevo paréntesis liberal con ocasión del Trienio Constitucional (1820-1823), no sería hasta la muerte de Fernando VII en 1833, y de manera más clara hasta la Ley de Imprenta de 1837, que el periodismo liberal podría comenzar una andadura continuada aunque siempre estable hasta guerra civil de 1936-1939.
La prensa periódica llegó a España con un cierto retraso, siguiendo los modelos franceses, de manera que hasta el último cuarto de siglo del siglo XVII no se publicó regularmente la gaceta oficial de la monarquía y hasta los años centrales del siglo XVIII no se desarrolló un cierto modelo de
Prensa ilustrada, en la que se veía también la influencia inglesa del periodismo moral o de costumbres. Al estallar en Francia los hechos revolucionarios, se decretó una suspensión general de `publicaciones, a la manera de un cordón sanitario frente a las nuevas ideas, pero en estos años finales del siglo se hizo presente una aportación genuina: el diarismo local de divulgación y servicios en las principales ciudades. La gaceta oficial como único periódico de noticias políticas y militares, los periódicos literarios de aparición más dilatada y los diarios locales son los tres modelos de periodismo que se dieron en la España de entonces.
En las colonias españolas de América, la difusión de prensa de la metrópoli y la actitud reticente de los virreyes retrasaron la aparición de publicaciones propias, que fue desigual en los diversos territorios. La cronología de las gacetas es significativa de la aceptación de la novedad informativa por los virreyes, responsables últimos de su autorización: La Gaceta de México (1722), considerada formalmente el primer periódico de Iberoamérica, Gazeta de Goathemala (1729), Gazeta de Lima (1743), Gazeta de La Habana (1764), Gaceta de Santa Fe de Bogotá (1785), Primicias de la Cultura de Quito (1792) y Telégrafo Mercantil (1801) de Buenos Aires.
Entre el escaso número de publicaciones periódicas de la América española, se hallan algunos ejemplos de prensa de divulgación científica como el Mercurio Volante (1772-1773) en México, y de periódicos literarios como Papel Periódico de La Habana (1790-1804) y el Mercurio Peruano de historia, literatura y noticias públicas que da a luz la Sociedad Académica de Amantes de Lima (1791-1795), entre otros. La Gaceta de Madrid fue reimpresa desde 1715 en Lima y posteriormente en otras capitales virreinales. A finales del siglo XVIII, tuvo también una cierta difusión en las colonias el correo mercantil de España y sus Indias (1792-1808). Los años de mayor desarrollo de la prensa colonial coincidieron, curiosamente, con los de la retracción en la península a causa de la Revolución francesa